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¿De qué hablamos cuando hablamos de depresión?
Habitualmente, el término "depresión" se utiliza de modo tan frecuente como impreciso. A la confusión derivada se suma el aumento del consumo de antidepresivos, dos hechos que no dejan de estar emparentados.
 
 
En sentido estricto, la depresión como entidad clínica se relaciona con la psicosis, con los cuadros de Depresión Endógena y Psicosis Maníaco Depresiva de la psiquiatría clásica.
 
También se habla de depresión para referirse a un conjunto de estados anímicos y afectivos relacionados con diversas circunstancias vividas por el paciente, habitualmente pérdidas afectivas. Atendiendo a su intensidad y duración, la psiquiatría se ha referido a ella como Depresión Reactiva o Neurótica. El psicoanálisis, por su parte, no la considera una entidad clínica en sí misma, sino una respuesta subjetiva que puede darse tanto en la histeria, como en la neurosis obsesiva o la fobia.
 
Por último, erróneamente se habla de depresión para referirse a la tristeza esperable ante situaciones penosas, situaciones en las que lo patológico sería la falta de reacción.
 
 
Depresión, antidepresivos y psicoanálisis
 
Dentro de diez años, anticipa la OMS, la depresión será la segunda causa de invalidez a nivel mundial. Este hecho, a primera vista alarmante, puede matizarse si consideramos el drástico aumento experimentado por la prescripción de antidepresivos, cuyo uso se ha extendido a muchos fenómenos y estados anímicos que la química no distingue, como tampoco lo hace el paciente que habitualmente llega a la consulta con la etiqueta de "deprimido”.

Aunque la medicación es indudablemente necesaria en determinados casos, un creciente número de profesionales de la salud, no sólo del ámbito de la psicología sino también de la medicina, observamos que a menudo se incurre en un exceso de prescripción de antidepresivos, y vale detenerse en las causas de este fenómeno.
 

En primer lugar, la industria farmacológica, como toda industria, cuenta con eficaces campañas de marketing para ubicar sus productos en el mercado, y las dirige tanto a los médicos como al público en general.

En segundo término, dada la sobrecarga del sistema de atención primaria, los médicos de cabecera se ven obligados a establecer un diagnóstico y determinar la necesidad real de indicar un antidepresivo en escasos minutos; a esto se suma la demanda del paciente, que espera salir medicado de la consulta. Todo ello da lugar a prescribir psicofármacos para estados anímicos que no son patológicos, sino naturales y esperables.

En tercer lugar, para el Sistema de Salud es menos oneroso recurrir a la medicación psiquiátrica, de resultados rápidos, que afrontar la cobertura de un tratamiento psicológico, de duración prolongada, aunque la primera alternativa conlleve el riesgo de crear fármaco-dependientes, sin contar con otros efectos adversos no menos serios.

En cuarto término, el sistema productivo imperante reclama individuos aptos para el trabajo, y el "deprimido” no es idóneo para este modelo que, por otra parte, refuerza el consumo en todos los niveles, también en el farmacológico.

Finalmente, existe en las mujeres y hombres de nuestra época una creciente intolerancia a la tristeza, a la frustración, a la angustia, que empuja a la búsqueda de la felicidad química, al consumo compulsivo, a la evitación de la reflexión; esto se ve potenciado desde los medios de comunicación toda vez que proponen modelos siempre exitosos y felices, tan ficticios como inalcanzables.

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Sin restar valor a los psicofármacos para las patologías en las que se han probado insustituibles, como en las depresiones endógenas, cabe preguntarse qué lugar le queda al paciente cuando un químico enmascara la respuesta esperable ante las frustraciones y reveses de la vida.

En estos casos, el psicoanálisis se aparta de la supresión artificial de la tristeza para proponer, en cambio, la implicación del sujeto en ese sufrimiento, pues a partir de que alguien se interroga respecto a qué le ocurre y por qué le ocurre es que puede haber una respuesta encaminada a algún tipo de resolución.

Lo dicho no significa que la medicación antidepresiva sea incompatible con el análisis; en muchos pacientes la medicación es necesaria y complementa al tratamiento psicológico; otros pacientes inician el análisis con una medicación antidepresiva previa que abandonan con el progreso del tratamiento y siguiendo las pautas del médico que la indicó.

Lo que importa al análisis, en todo caso, es que el fármaco no obture la posibilidad de interrogarse, de recuperar el valor de la palabra respecto a la experiencia del propio sufrimiento para situarlo en el entramado de la propia historia, de la singularidad, y permitir la emergencia del propio deseo.

Aunque todavía no existen estadísticas, es de suponer que la actual situación de crisis económica incrementará todavía más el uso y abuso de antidepresivos. En este contexto, la medicación de las tristezas cotidianas aparece como un intento fallido de la sociedad por medicar sus propios males: medicar la pobreza, el desempleo, las desigualdades, la marginación, y al hacerlo, reducir al sujeto a un objeto anestesiado, desimplicado y mudo, tan mudo como el propio fármaco.
 
Como psicóloga colegiada en el COPC le ofrezco quince años de experiencia en el ejercicio del Psicoanálisis:
Me dedico al tratamiento de los trastornos emocionales y afectivos en adultos y adolescentes.
He formado parte del Servicio de Toxicología del Hospital Gervasio Posadas, y del Servicio de Psicopatología del Hospital General de Agudos A. Zubizarreta de Buenos Aires.
 
La primera entrevista es gratuita y está destinada a conocer el motivo de consulta y a responder posibles inquietudes del paciente.
El Código Deontológico que rige el ejercicio de la Psicología garantiza la confidencialidad de todo lo tratado en sesión.
Mónica Pereira Vaccaro - Licenciada en Psicología, Psicoanalista - Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña.
 
 
 
consulta sólo previa cita 664 84 76 65
 
 
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